ensayos


Nicaragua: Un país donde los muertos pesan

Fecha: 4 November 2007 / + Vidaluz Meneses

Ponencia presentada por Vidaluz Meneses en el Festival de la Palabra, “Festival Literario” realizado en el Centro Histórico de la ciudad de México, 27 de Octubre- 4 de Noviembre, 2007. Tema: La muerte en la Literatura.

“Nicaragua: Un país donde los muertos pesan”

“Nosotros, los sobrevivientes
A quiénes debemos la sobrevida?
Quien se murió por mí en la ergástula?
Quién recibió la bala mía,
La para mí, en su corazón?
RFR.

Al recorrer la literatura nicaragüense comenzando por Rubén Darío, fácilmente apreciamos que la concepción y el tratamiento del tema de la muerte fluctúan entre los parámetros de la cultura occidental cristiana, por la que generalmente se aborda éste, con esperanza y las corrientes liberales y/o posiciones agnósticas que trajo la modernidad por la que este tema se expresa con pesimismo, escepticismo , o con humor y/o, con angustia existencial.

Pero en Nicaragua, quiero referirme a otro sentido surgido de la épica de la revolución, donde la muerte aunque se temiera, se llegó a considerar un deber, un honor y en los años recientes, malogrado el proyecto revolucionario se manifiesta otro fenómeno en la realidad: los muertos como obstáculo o ancla que impiden forjar el futuro.

La egregia figura de Sandino es el mojón que señala el inicio de la lucha libertaria y de él las célebres palabras de su 1er. Manifiesto político de San Albino (1º. De julio de 1927):

“Podrá morir el último de mis soldados, que son los soldados de la libertad de Nicaragua, pero antes, más de un batallón de los vuestros, invasor rubio, habrá mordido el polvo de mis agrestes montañas”

En 1963, Ernesto Mejía Sánchez y Ernesto Cardenal, publicaron aquí en México, una antología de la poesía antisomocista de Nicaragua, de la que Pablo Neruda escribió una reseña, destacando una nota en el diario Komosomolskaya Pravda, el 25 de agosto de 1963, referida al poeta y mártir Edwing Castro, de quien dijo: “Edwing Castro, asesinado en el calabozo el 18 de mayo de 1960, nos legó himnos de lucha llenos de fe inconmovible. Al leerlos, uno siente que una mano nos aprieta el corazón”.

De Castro, cito el último párrafo de su más difundido poema, dedicado a su hijo del mismo nombre, “Mañana, hijo mío, todo será distinto”:

“No encerrará la cárcel tus años juveniles
como encierra los míos;
no morirás en el exilio,
temblorosos los ojos,
anhelando el paisaje de la patria,
como murió mi padre.
¡Mañana, hijo mío, todo será distinto!”

En 1977, mi padre, General retirado de la GN, le había aceptado a Somoza, el nombramiento de Embajador de Nicaragua en Guatemala. Los movimientos guerrilleros de la región se solidarizaban con la lucha del pueblo nicaragüense vanguardizado por el FSLN y realizaban una serie de acciones tanto en el plano político como en el militar, fue así que mi progenitor recibió en un principio, una nota anónima en la que le instaban a renunciar a su cargo y que se uniera a la lucha de su pueblo. Como esto no suce- dió, un Comando que luego se identificó como miembros del Ejército Guerrillero de los Pobres, (EGP), realizó un atentado del que salió gravemente herido al ser baleado por al espalda, el 16 de Septiembre de 1978, falleciendo el 29 del mismo mes.

Obviamente para mí fue un golpe terrible ya que por un lado me unía un gran amor a mi padre, pero por otro, estaba firmemente convencida de la justeza de la lucha del pueblo con la que ya me había comprometido. Tres años después de su muerte y ya con la revolución triunfante, el 6 de diciembre fecha en que él, hubiese cumplido 57 años de edad, fui capaz de escribir el siguiente poema:

Última postal a mi padre, General Meneses

Debiste haber cumplido años hoy
Y ya no estás, para tu bien.
Guardo tus palabras
y tu postrera ansiedad por mi destino
porque la historia no te permitió
vislumbrar este momento,
mucho menos comprenderlo
El juicio ya fue dado.
Te cuento, que conservo para mí sola
tu amor generoso,
tu mano en la cuchara dándole
el último desayuno al nieto.
haciendo más ligera la pesada atmósfera de la despedida
cada uno en su lado
como dos caballeros, antiguos y nobles,
abrazándose, antes del duelo final, fatal.

Años más tarde, luego de haber publicado este poema, el poeta Julio Valle Castillo, me regaló la “Oración del 9 de febrero” de ese gran intelectual mexicano, Alfonso Reyes, donde relata la tragedia íntima de su padre, el General Bernardo Reyes, caído igualmente en el bando contrario al de Alfonso y de cuya muerte inútil, según dice el prólogo de esa edición, suscrito por Gastón García Cantu, Alfonso Reyes no se repuso jamás.

De ese mismo año, en octubre de 1978, es el testimonio de lo que vivió, el joven poeta campesino de Solentiname, el guerrillero, Felipe Peña. Este relata los espeluznantes momentos de tortura que pasó en la frontera sur, donde había participado en el Asalto al Cuartel de San Carlos, cabecera departamental de Río San Juan:

“Estaba todo ensangrentado, todito el cuerpo, la cabeza rajada con unas cuantas rajaduras y la herida del balazo que tenía también; en la cara tenía tres heridas que me habían hecho a patadas y a culatazos. Entonces un tipo medio me curó dos veces: medio me rasuró la cabeza y me trozó unos tucos de pelo, me echó agua oxigenada o no sé que babosada y me puso dos inyecciones.

El mismo día que me agarraron como a las tres de la tarde me llevaron un puño de arroz y un trozo de pan. Nunca dí síntomas de que me sentía abatido. Siempre confiaba en Dios que no me iba a morir pues, y que si moría, pues moría en paz…” En esa ocasión, Felipe se salvó, pero cayó combatiendo en Nueva Guinea, poco antes del triunfo de 1979.

El Poeta y Médico Pediatra, Fernando Antonio Silva, hijo de poeta y médico del mismo nombre, me pregunto, ¿habrá podido olvidar sus experiencias como médico en las zonas de guerra, en la guerra contrarrevolucionaria financiada por el gobierno de Ronald Reagan? En su poemario “El tiempo cosechado”, se encuentra una sección con el título “La guerra quedó atrás” donde consigna un sentido poema dedicado a Laureano Mairena, también del grupo de Solentiname, que murió en combate en Nueva Segovia, en 1982 y otro realmente estremecedor sobre un joven que el poeta creyó conocer alguna vez y que en esa ocasión le correspondió arreglar su cadáver:

Cito un fragmento:

El bisturí cortando planos
me adentra en el tórax y abdomen del muchacho
que se me revela en toda su magnitud
de órganos que eviscerándolos
voy acomodando fuera de su cuerpo
ante el asombro de sus compañeros
ante el asombro mío nunca vencido
y nuevamente excitado ante lo ya visto
lo ya vivido y sufrido en otros
sintiendo el temor de que otro
un día de estos
vea, viva y sufra en mí
lo mismo.

Voy revisando despacio y los pulmones
separados de su pleura mediastínica
parecen una mariposa con sus alas extendidas.
El corazón descubierto de su camisa pericárdica
con su aorta ascendente, como el pescuezo
de un pájaro. El páncreas blanco-gris
retroperitonealmente escondido.
El estómago hermoso como una bota de vino.
El hígado consistente y noblemente púrpura
El bazo rojo-oscuro
y los intestinos sueltos, libres
al separar el epiplón visceral
que se descubre como un delantal
adornado de encajes.

Al muchacho, el balazo le dió en el corazón
destrozándole el ventrículo izquierdo.
No habrá más bombeo de sangre en sus arterias
pues ahora lo que corre es formalina y alcohol
mientras coloco algodón y gasas
al ir cerrando la cavidad.
Sus compañeros se acercan
y me ayudan a vestirlo con su uniforme
de combate.
Uno de ellos toma un peine
y le arregla el pelo…..

El año pasado publiqué un breve diario que recoge la experiencia de un grupo de artistas y escritores/as que conformamos la Brigada Cultural Leonel Rugama y que en 1983, nos desplazamos como otras brigadas similares a distintos frentes de guerra del país, donde el objetivo de nuestra misión era el de ir a contribuir a mantener en alto la moral de nuestros combatientes.

En este diario incluí la conversación con un joven encargado de los servicios sanitarios de la tropa que luego convertí en poema y dice:

“Cuando yo te pregunté
que hacía uno
a la hora de tener miedo
en el combate, vos me contestaste:

“No hay que acordarse
de los momentos felices,
que te valga verga todo!

Pero la verdad es que
cuando le pongo mente
me digo: si dió su vida
un Carlos Fonseca, fundador
de la vanguardia,
un Germán Pomares, un Leonel Rugama
¿Quién soy yo para no dar la mía?
‘’’’’’’’’’’’’’’’’’’’’’’’’’’’’’’’’’’’’’’’’’’’’
Este es un breve pero intenso recorrido de algunos textos que recogen la presencia de la muerte en distintas fechas de nuestra historia, tratando de ajustarme al tiempo designado en este encuentro.
Quiero concluir con la explicación del título de mi ponencia, que se refiere, no a lo que obviamente suponemos como es lo que significa el duelo nacional como resultado de una guerra civil, sino algo más profundo como es la dificultad de avanzar hacia el futuro.

Para ello voy a citar una ponencia de una mexicana, que casi en sus años adolescentes, se vinculó al proceso revolucionario, menor de edad, pero contemporánea de una heroína y mártir mexicana de la revolución sandinista, Aracely Pérez.

Esta persona a quien ya pedí autorización para mencionar su nombre, aunque yo la conocí con el pseudónimo de Catalina, es Eugenia Monroy, quien desarrolló importantes y variadas tareas desde la etapa de la insurrección, período en que la conocí compartiendo la responsabilidad política del Departamento de Managua, con otra nicaragüense, Sara Torres.

Catalina o Eugenia, se casó con el Comandante Guerrillero Álvaro Baltodano con quien procreó tres hijos, vivió en Managua varios años en los que continuó sus estudios graduándose de socióloga, posteriormente regresó a México en compañía de su esposo, nombrado Agregado militar y allí culminó la carrera de Psicología especializándose en adicciones. Divorciada de Baltodano, ha permanecido en su país, pero hace dos años comenzó a colaborar con el equipo del Centro Ecuménico Antonio Valdivieso, dedicado en uno de sus programas, a la recuperación emocional de nuestra población.

Le solicitamos a Eugenia que preparara un taller con excombatientes retirados de ambos bandos, difícil tarea para ella, que había vivido a profundidad el conflicto armado, pero lo logró. Fruto de esta experiencia, Eugenia redactó una ponencia para la puesta en común que hicieron distintas terapeutas en el 1er. Encuentro Regional sobre experiencias psicosociales y de la cual extraigo lo esencial de su tesis:

“…Qué significa sobrevivir? Sobrevivir es quedar vivo cuando otros murieron estando en las mismas circunstancias. Lugar o situaciones que nosotros. Cuando podemos decir, me podría haber pasado a mí también. Cuando cayó una bomba en una manzana y unos murieron y otros sobrevivieron. Cuando se participó en combates y unos cayeron y otros no, cuando un hermano se fue a la guerra y el otro no. Cuando se compartía una comunidad de vida y a unos les pasó y a otros no. Ese es un sobreviviente.

Ahora, que es sobrevivir, el sobrevivir? Es, sobrevivir a la muerte, y sobrevivir al hecho de que otros murieron y nosotros quedamos con vida.

Se abre ante nuestros ojos un panorama difícil ¿qué hacer?

Hay que reconocer a todos los muertos, a todos sin excepción. Hay que honrarlos y dejarles su destino. Su destino fue irse y hay que respetarlo y también tener la humildad para aceptar el destino que nos fue dado y fue el quedarnos, ser sobrevivientes. Agradecer que se nos permitió conservar la vida y aprovecharla de la mejor manera.

Si insistimos en mantenernos atados al reino de los muertos, su muerte perderá valor. Si por el contrario de su muerte tomamos la fuerza, tomamos la vida, tomamos la prosperidad, su muerte no habrá sido en vano, se convertirá en todo lo bueno que ellos quisieron lograr.

Quedarse con los muertos es más fácil. Aceptar la vida es un acto de valentía que requiere cambios internos, soltar el pasado, salir del lugar de víctima o victimario y reconstruirse como una persona transformada….

…..Necesitamos realizar el duelo por las esperanzas y sueños perdidos. Retomar lo bueno que hubo en todo ello y con esa fuerza abrirnos a la posibilidad de reinventar nuestras vidas. Sino recuperamos lo bueno, nuestras vidas quedan vacías.

…Hay mucho de valioso en lo que hicimos, entre ello nuestra experiencia y nuestros valores, si los retomamos se introducen como una fuerza en nuestros nuevos retos y nuevas posibilidades, si nos quedamos en el duelo y la añoranza, mirando hacia atrás, la misma fuerza nos hundirá en el mundo de las pérdidas, depresión, adicción y enfermedades.

Como sobrevivientes tomemos la vida completa y saquemos fuerza de nuestra historia. Abrámonos a nuevas posibilidades y a los muertos, démosle un lugar en nuestro corazón y dejémosles descansar en paz”

Al leer estas recomendaciones de Eugenia, pienso en el testimonio de Ernesto Alejandro Castillo Guerrero, de quien el Centro Nicaragüense de Escritores lo publicó bajo el título “Algo más que un recuerdo”.

Este joven a los 16 años de edad se integró como voluntario en el SMP por un período de dos años, y así dice:

“Ahora recuerdo aquellos ríos con fuertes corrientes, aquellas montañas que rugían con morteros y balas, que cantaban con los grillos, aquellas montañas que gemían y lloraban a sus hijos muertos en sus entrañas. Ahora recuerdo aquel muchacho sonriente, a veces triste o enojado; enlodado y mojado, talvez pensativo y siempre con muchos deseos de vivir”.

Ernesto Alejandro pudo terminar las páginas de su libro con las siguientes palabras: “…mi más sincero reconocimiento y respeto para los que ahora no pueden estar con nosotros, para los que, de uno u otro bando, defendieron con todo su coraje sus ideales y pensamientos, sus sueños y esperanzas, su amor por la patria y por su verdad…”.

Quiero pensar que muchos como Ernesto Alejandro Castillo Guerrero, sabrán apreciar y gozar su sobrevida.

BIBLIOGRAFÍA:
“Poesía nicaragüense”. Ernesto Cardenal, Editorial Nueva Nicaragua, 1976.
“El siglo de la poesía en Nicaragua”. Julio Valle Castillo. Colección cultural de Centro América, serie literaria No. 15, Managua, 2006
“Llama en el aire” Vidaluz Meneses, Editorial Nueva Nicaragua, Managua, 2000.
Oración del 9 de febrero. Alfonso Reyes, México, Ediciones Era, 1963
El asalto al cuartel San Carlos. Editorial Ocarina, Ministerio de Cultura, Managua, 1982.
“El tiempo cosechado” 1975-1995. Fernando Antonio Silva. CNE-ANE,Managua 1995.
“Algo más que un recuerdo”. Ernesto Castillo Guerrero, CNE/ANE, 1997.