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+ Ana Ilce Gómez: ANA ILCE GOMEZ: NO CALLA, GRITA EN SU POESÍA – La crítica femenina a la crítica de su obra


Por: Nadine Lacayo Renner

Socióloga, escritora


ANA ILCE GOMEZ: NO CALLA, GRITA EN SU POESÍA – La crítica femenina a la crítica de su obra
Aunque no te guste, este rito con vos dormida en medio, no es una ceremonia del silencio. Hay un estruendo de llantos que embulla los susurros de tus versos.
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Contradictoriamente, el primer poemario de Ana Ilce Gómez, lo tituló las “Ceremonias del Silencio” (1975). Digo contradictoriamente, porque después de reparar en el contexto en que fue publicado y de revisar la muy buena crítica con que fue recibido éste y el siguiente poemario (De lo Humano Cotidiano – 2004), concluyo que ambos levantaron una enorme bulla y que, ahora con su fallecimiento, vuelven a alborotar el ambiente literario. Esta es la razón por la que me atrevo a parodiar el título del primero con el antónimo “estruendo”. sí, las “Ceremonias del estruendo” debió llamarse, puesto que causaron un gran griterío entre los círculos literarios de esos años. Justamente lo atribuyo a la naturaleza de su extraordinaria poesía, de la que quiero decir algo que creo esencial en este ensayo.

Antes cito a Helena Ramos, quien expresa esto que comparto plenamente: “…Ya no es novedad el afirmar que la condición de género influencia los enfoques a través de los cuales la historia – o, mejor dicho, los historiadores– perciben y analizan los fenómenos sociales…” (…) y, que la crítica (literaria) tampoco es indiferente al género, aunque los críticos digan lo contrario…”

Apartándome del debate sin fin sobre “literatura feminista”, “literatura femenina” o “literatura escrita por mujeres”, solo diré que no es lo mismo “escribir siendo mujer”, que “escribir consciente de ser mujer”. En el primer caso se hace como “objeto” o con la ilación de “mujer” en tanto construcción social, es decir desde la identidad creada por los roles tradicionales asignados por la sociedad patriarcal a las mujeres. En el segundo caso, las mujeres escriben como “sujeto”, activas conscientes de sí mismas, esto es, reconociéndose y reconociendo a las demás en su condición de subordinación en el contexto del poder patriarcal que envuelve todos los ámbitos de la sociedad, incluida el de la literatura, y esto mismo es lo que denuncia el feminismo, y al hacerlo – bajo diferentes formas: individual y colectiva, política, o artísticamente–, busca el reconocimiento de la igualdad de oportunidades e igualdad de derechos entre hombres y mujeres, denunciando las iniquidades que sufren en todos los campos de “la vida, el amor, el tiempo y la muerte”.

Diciendo esto, paso a expresar otra cuestión clave: En el pasado (hasta la mitad del siglo XX y en Nicaragua apenas hasta las décadas de los sesenta y setenta), el solo hecho de que escribiese una mujer en cualquiera de los géneros literarios y se publicara su obra, era objeto de cierta reacción o, como mínimo, generaba rumores, hasta llegar –en la mayoría de los casos– a representar un escándalo o un escandalito por atreverse a la infracción de publicar y con ello transgredir el férreo cerco masculino en que se resguardaba celosamente la literatura y en particular la poesía. Sucedía igual con el asunto del trabajo: una mujer fuera de casa trabajando, era simplemente una extravagancia mal vista. Ya sabemos todo esto.

En el caso de la literatura, el nivel de la contravención dependía del tono y color de las palabras con que las poetas mujeres exponían su autenticidad (subjetividad) creativa, es decir, el grado de desnudez de su interioridad y exterioridad femenina. Esto sucedía (¿sucede?), sobre todo cuando se trataba de poesía que es la expresión artística más depurada en cuanto mostrar los sentimientos, emociones y pensamientos de los seres humanos sobre la concepción de sí mismos y del mundo. Ocurría en todas las latitudes del planeta, incluido Europa y por supuesto Latinoamérica. Frente a este “fenómeno” había dos caminos: uno, si aquellas letras femeninas eran escritas con una pluma “inofensiva” y culturalmente aceptada porque no representaban ningún peligro ni amenaza para nadie (poesía a la patria, a la virgen, a los hijos, al amor romántico o a las flores, etc.) ocultando la “carne desnuda del espíritu” de la poeta, se “dejaban pasar”, es decir, se les “autorizaba”; y dos, cuando fueron siendo poemas inequívocamente “peligrosos” (lírica buena pero desarropada y descalza), se entregaban a las fauces del olvido que las masticaba con el silencio y/o con la sutil o abierta censura, y cuando no había más que hacer por su calidad insoslayable, se reconocía como una excepcional (de excepción) escritura de una mujer “inteligente” que escribe como si fuese un hombre. Así, no quedaba otro camino que examinar su obra con lupa y darle el visto bueno. Incluso, las poetas o escritoras, acudían a los grandes literatos para lograr su aprobación, y aunque la obra se sostuviera por sí sola y sin muletas, necesitaban un prólogo de uno de estos grandes literatos. Todavía eso sucede en Nicaragua, aunque cada vez es menos, creo yo. Pero al fin llegó la rebelión de la poesía femenina, que se abrió camino con gran costo y esfuerzo, y se quebrantó la paz de la reposada literatura y se agitaron las aguas en que nadaban invictos los versos masculinos.

No voy a detenerme mucho en el menosprecio a la poesía escrita por mujeres que antes se hacía (y todavía se hace por algunos hombres jurásicos), pero haré alusión a las enormes dificultades con que se encontraron algunas mujeres que escribieron con “conciencia de mujer” y no solo “siendo mujer” biológicamente hablando. Recordemos a Sor Juana Inés de la Cruz a fínales del siglo 17, o las luchas de otras poetas que tuvieron que abrirse camino arrancando rocas con las uñas de las murallas patriarcales de la sociedad y/o que fueron reconocidas hasta mucho tiempo después de muertas, incluso del suicidio que muchas sufrieron y que tan sospechosamente se enfatiza. Nombro algunas latinoamericanas: Rosario Castellanos (México, DF 1925- 1974), defensora de los derechos de la mujer y embajadora de la cultura mexicana en el mundo; una más antigua, la uruguaya Juana de Ibarbourou (1892 -1979), considerada una pionera por su forma de retratar el erotismo femenino y su sarcasmo e ironía al describir el papel de la mujer en la sociedad de su época; la gran chilena nobel de literatura Gabriela Mistral (1889-1957), lesbiana y destacada por una poesía cargada de humanismo en la que son protagonistas las mujeres, su vida cotidiana y su crítica social hacia la situación de las trabajadoras; la argentina Alejandra Pizarnik (1936- 1972), otra lesbiana que escribía de noche, alucinada, marcada por su infancia, y en la que la muerte y el sexo son temas recurrentes; otra uruguaya, Idea Vilariño (1920-28 de abril de 2009), poeta amarga, casi necrofílíca y erótica, independiente y pasional, que retrata su relación personal con el escritor Juan Carlos Onetti; y otra gran argentina Alfonsina Storni (1892- 1938), poeta posmodernista, además de escritora y periodista feminista que defendió el derecho de la mujer al voto y criticó a través de sus artículos de prensa los estereotipos de género, reivindicando la libertad femenina.

En Nicaragua hubo poetas mujeres olvidadas. Helena Ramos, por su expertis en estas lides, está más calificada que yo para hablar de ello y recomiendo que se lea su artículo al respecto: http://www.escritorasnicaragua.org/criticas/23. Por ahora no puedo dejar de mencionar a tres escritoras precursoras de la poesía escrita por mujeres que eventualmente caen en el “modernismo”: Carmen Sobalbarro (Ocotal 1908- 194 ¿); María Teresa Sánchez (1918) cuya contribución ha sido reconocida, además, por su labor de promotora cultural; y Mariana Sansón Arguello, que eventualmente es la primera poeta mujer cuyos versos, aunque tímidos, según la opinión de la poeta Daysi Zamora, se valió de subterfugios para ocultar sus miedos de mujer y poder reflejar sus auténticos sentimientos. Miedos de mujer – digo yo- que todas las poetas y las mujeres simples y corrientes, en mayor o menor medida, sufrimos todavía.

Ciertamente que las antologías (y las listas) son un lío y las detesto por injustas o inexactas siempre, y más cuando se trata de registrar a poetas mujeres. No obstante, de algo debo partir, y aun con el riesgo de las omisiones que puedan presentar, me apoyo primero en el libro “La Mujer Nicaragüense en la Poesía” (1992) de Daysi Zamora. Esta poeta, citando el aporte antológico de María Teresa Sánchez, indica que antes de las tres mencionadas, se encuentra Amanda Aragón (1907), Yolanda Caligaris (1910-1964), Margarita Gómez (1915), Cándida Rosa Matus (1850-1931), Alicia Prado Sacasa (1918); Aura Rostand (1905-1959), Olga Solari (1916), Edith Telica (1908), Rosa Umaña Espinosa (¿1886-?) y Annie Valladares Sáenz (1916).

Pero dice D. Zamora, que es con la poesía de Ana Ilce, Michele Najlis, y la narradora Rosario Aguilar, además con la de Vidaluz Meneses, Umbelina Membreño y Esperanza Ramírez, que estalla el alboroto de la poesía femenina en Nicaragua en los sesenta. En la antología de Luis Rocha (Breve antología de la nueva poesía femenina nicaragüense) además, de reconocer a las anteriormente nombradas, menciona a Esperanza Ramírez, María Elena Selva, Olga María Cardenal Downing, Ligia Guillen, Isolda Rodríguez, Carla Rodríguez, Ruby Arana y Christian Santos, entre otras. Con todas ellas se inaugura el nuevo punto de partida de la poesía escrita por mujeres con identidad de mujeres, es decir con conciencia de lo que la sociedad patriarcal y – a pesar de ello- les impone.

Luego, en el libro citado de la poeta Zamora, se indica que en los setenta irrumpen otras “transgresoras” que marcan nuevas pautas y posesionan fuertemente la poesía de las mujeres en la sociedad. Encabeza la lista Gioconda Belli, cuya producción conmovió con su vitalismo feminista y su erotismo a los poetas nicaragüenses de diversas generaciones. Además de Gioconda se registra Yolanda Blanco y Rosario Murillo, y por supuesto que ella misma (Daysi Zamora) con una poesía clara y valientemente feminista. Después, en los ochenta y noventa aparecen otras, entre las que se encuentran: Gloria Gabuardi, Alba Azucena Torres, Magdalena Ubeda de Rodríguez, Ninoska Pacheco, Conny Pacheco, Isidra Ortiz, Marianella Corriols y Grethel Cruz; así como Marlene Falcón, Thelma Sánchez, Milagros Terán, Karla Sánchez, Myriam Guevara, Aura Sofia Martínez, Blanca Castellón, e Isolda Hurtado, entre otras (digo yo). Esto de tener que decir “entre otras” es horrible, porque sé que existen muchas nuevas poetas, algunas muy jóvenes, de gran calidad.

Considerando estos contextos y sus antecedentes, la poesía de Ana Ilce, levanta la ya explosiva poesía femenina creada a finales de los sesenta, que abre una etapa, como ya dije, con Michelle Najlis y Rosario Aguilar, y más tarde Gioconda Belli, Daysi Zamora y Rosario Murillo y que, los críticos hombres, reconocerán – por su incuestionable calidad–, sus contribuciones a la nueva literatura femenina, no sin las reservas o interpretaciones derivadas del microscopio machista con que fueron examinadas. No es casualidad que fueran hombres y sigan siendo principalmente hombres los críticos de la obra de Ana Ilce, que al decir de Helena Ramos: “la historia, igual que un reflector ha iluminado lo que quería iluminar y a menudo omitió a las mujeres”. Yo digo: que los críticos masculinos de entonces (muchos grandes y respetables poetas, la mayoría muertos y todos hombres), han iluminado con su reflector particular lo que han querido de la poesía de Ana Ilce. Esto es, no vieron, no pudieron ver o no quisieron ver, la naturaleza esencial de su obra, o lo que es lo mismo, el carácter de una poesía escrita por una mujer con conciencia plena de lo que significa esa construcción social. Hay críticos o escritores – algunos jóvenes- que siguen apoyando su mirada sobre la poesía de Ana Ilce, en aquellos. Que lastima.

Antes de continuar anoto lo siguiente por justicia: Algunos reconocidos escritores nicaragüenses como SRM, Ruiz Udel y de la nueva generación (varones y mujeres) no comparten la crítica tradicional, etérea, subliminal, casi virginal, como envolviéndola en un papel celofán “impecable”, que pretende esconder la crítica machista que se le hizo. (! y todavía se le hace!) a la obra de esta gran poeta.

Y aquí es justo detenerme en la mirada que hace el poeta Anastasio Lovo, quien disecciona el corazón de su poesía. En su libro Soles de Eternos Días (1999), desmenuza con el rigor de un cirujano cada poema suyo. Entre otras expresiones está esto al referirse a la escritura pulcra de Ana Ilce: …Traigo a colación la cultura griega, porque allí se encuentra la matriz de nuestro arte y nuestra poesía. Y a fin de recordar el lugar fundacional y cimero que ocupa Safo (¿625-580? a.J.C), una mujer, en la creación de la poesía lírica. Para que no olvidemos nunca, principalmente los hombres, que la lírica tiene históricamente, una matriz, una voz y una opsis femeninas en la dulce voz de la poeta de Lesbos. La poesía de Ana Ilce Gómez, posee una fuerza fundamental que nos deslumbra, sobrecoge y conmociona. No querido Beltrán, en este asunto de la poesía los intrusos somos nosotros, no ellas.

La poesía de Ana Ilce Gómez, insoslayable para los críticos de entonces (“maestros”, hombres todos, grandes y sagrados literatos), y que – debo decirlo- amigos y maestros que la apoyaron, no les quedó otra opción que reconocer abiertamente su gran calidad después de examinarla con la mirada sesgada por las exigentes gafas de la cultura patriarcal de aquellos años. Dieron el veredicto, admirados externaron abundantes opiniones positivas, pero en medio de los aplausos intentaron vaciar su obra de algo que es fundamental y más que evidente: su denuncia feminista contra la situación de la mujer, de la de ella misma y de las demás, e “interpretaron” su poesía con conceptos coligados a los valores con los que a las mujeres nos ha asociado el patriarcado en los temas de la literatura.

La mayoría de críticos varones que revisé (son los que más han escrito sobre su poesía) que he examinado (algunos vivos), con escasas excepciones y sin pretender generalizaciones, resaltan o enfatizan en mayor o menor grado, como cualidad de su poesía, lo siguiente : Poeta que calla, es calma en su poesía, ella es poesía en sí misma (musa), pulcra, habla de seres y cosas, mesurada (se mide), amorosa, existencial, sufriente, silenciosa, metida en su mundo personal (léase no en lo público), dramática, madura y sabia, asistida por un cálculo severo (a esto no le entiendo) y sin meterse con lo externo – que aunque “esté mal” – es un asunto de hombres y ella se queda en su casa, en su barrio Monimbó, con sus oficios, guarda distancia de las “embulladas y traficadas vías poéticas”, no se va a la izquierda, ni necesita de lo erótico ni del feminismo, reflexiva, cotidiana, escribe sobre el tiempo, escribe sobre lo efímero del amor, reposada, íntima, que transita por los grandes temas de todos los tiempos: la vida, la muerte, el amor, y con una instintiva cultura. Esto último es el colmo, porque le están diciendo que carece de cultura o que la adivina, que no piensa, que solo intuye como nos dicen a todas las mujeres.

No se podía pedir más en esos años. Pero como indica Daysi, en los sesenta se abre un periodo de rebeldía irrumpiendo la poesía escrita por mujeres, (y repito) como mujeres, y con ello se levanta el bullicio de la crítica por la sorpresa de las poetas. Descubren con reticencia y celo que “son inteligentes, porque escriben bien y lo hace bien”. Pero no se interpreta esa voz como la de una mujer, sino como la de un poeta masculino con sexo mujer y eso es lo que alarma, lo que asusta, lo que levanta obligada admiración en Ana Ilce: ¡Escribe formidable como solo lo hacen los hombres ¡

Beltrán Morales, uno de los más avanzados poetas de esas décadas y de su misma generación (al cual admiro), reconoció que su poesía es de calidad e intenta ejercer una “buena” crítica, pero le cuelan graves exabruptos machistas: ¿Que calla Ana Ilce? Calla, (léase reprime) en principio su condición de mujer obligada a estar o bien por debajo de los hombres o en competencia con ellos. La poesía de Ana Ilce, escribe B. Morales, sin dejar de ser por un momento la poesía de una mujer sumamente sensible, es como si hubiera sido escrita por un poeta de sexto masculino…y luego con asombro, alaba el dominio que ella hace de la técnica que es exclusiva de maestros, brujos y hechiceros de la tribu … (entiéndase los poetas consagrados de sexo masculino de aquel entonces)

Y luego agrega algo aún más serio: calla también Ana Ilce sobre todo contexto externo… es decir…no exhibe su propia exterioridad ni protesta por un mundo que sabemos está mal. Esto habla por sí solo: según B. Morales la poeta, a pesar que es mujer, escribe como debe ser, como hombre, pero como mujer calla sobre lo exterior que está mal, es buena por eso, porque, además de ser sumamente sensible, y que se apropia de las técnicas masculinas, no mete sus narices en lo que no debe: el contexto que la rodea, lo político, lo social, lo público, que es cosa de hombres. Sobre esto último estoy obligada a decir que es falso, porque hay evidencias que Ana Ilce participó en la guerra de los 80s, integrándose a las brigadas de cultura que se organizaban en esa época para visitar a los soldados del Ejército e diferentes bases de operaciones, incluso en recónditos lugares del Caribe.

Pero bueno, leyendo y releyendo su poesía, mi mirada es que Ana Ilce no calla, sino que grita, que expresa su “condición de mujer” socialmente construida que es estar “callada”. Se puede advertir sin dificultad, que con su poesía Ana Ilce más bien alza la voz de las mujeres, su propia voz, y denuncia esa condición de subordinación que vivimos y ella lo vive también. Que otra cosa significan sus poemas: Mujeres con guitarra, Singer 63, Ama de día, Ser o no ser, y muchos más.

Como ya dije hace unos días, son contadas con los dedos de la mano, las críticas mujeres que han abordado la poesía de Ana Ilce con consistencia y profundidad y que advirtieron o subrayan con vehemencia y coraje, el sutil a veces, y evidente otras, carácter feminista de su poesía. Voces que con más seriedad se han levantado han sido las de Vidaluz Meneses, Daysi Zamora, Nidia Palacios y Helena Ramos. Estoy segura que hay más, como Conny Palacios y otras que seguramente coinciden plenamente en este punto. Pero esta vez menciono a las siguientes:

Vidaluz Meneses dice que, es en “Las Ceremonias del Silencio” que Ana Ilce habla de una “femineidad doliente”, (pues claro que duele saberse mujer subordinada) pero en Poemas de lo Humano Cotidiano, encuentra que es “mucho más autoafirmada y asertiva”, y que, hacen gala de la esencia y significado de ser mujer, del transcurrir de éstas por la vida y de sus arrebatos en la historia, encarnando poesía, desnudándose en sus realidades. En Mujeres con Guitarra se expresa la reivindicación de su género. En La muerte No Es Una Mujer nos presenta la otra cara de la moneda porque siendo ellas dadoras de vida cómo al mismo tiempo se han de asociar a la muerte. Más que una bandera feminista, nos entrega el contraste del estigma, el mito y la leyenda, poniendo a la muerte “como un perro fiel” a lamer sus pies. El poder asumido desde su propia condición de ser, de mujer rotunda. Ser o No Ser contiene una crítica social incitando a la rebeldía de la mujer en su rol tradicional impuesto por la sociedad patriarcal y el machismo: “Vivir. / Ser o no ser no es el problema/ sino planchar la ropa/ atizar el fogón/ escribir unos tiernos y antiguos poemas/ …”

Nidia Palacios Vivas, expresa que la poeta Ana Ilce es una de las voces femeninas más alta de la poesía nicaragüense. Su temática enfoca a la mujer ignorada y anónima, su papel en la historia, objeto de deseo, el amor, el misterio de la creación poética y, sobre todo su derecho a tener voz. La profundidad de su voz alcanza dimensiones universales que canta desde el microscópico mundo de la casa-prisión cuando reclama por qué a través del tiempo persisten los nombres de Ovidio y de Virgilio, qué corona tenían, mientras ella, la voz lírica dice: “Mientras que yo/ que apenas/ acabo de nacer/ estoy muriendo”. Nidia dice que es una poesía con conciencia de género: La mujer carga la culpa y se le expulsa del Edén. Vivirá a la sombra del hombre. En su poesía prevalece la conciencia de género, una mujer viviendo su tragedia cotidiana, una heroína trágica que pasa, sola, sin identidad, gira en un vacío existencial: “No es bueno que el hombre esté solo / y tú jugaste a no estar solo, / con serpiente y sin ella… mi amor desangrado por el tuyo / y este pago de sombras / por aquel pequeño préstamo de luz”.

Daysi Zamora: es las más precisa y aguda en su mirada sobre su obra y por eso solo menciono un párrafo de su artículo “A vuelo de pájaro” aparecido en el blog 400 elefantes de Martha Leonor González. En el mismo, Zamora hace un análisis completo del carácter de la poesía de sus dos poemarios. Cito lo que dice sobre el segundo: “En el segundo libro de Ana Ilce, Poemas de lo humano cotidiano, que Beltrán Morales no conoció debido a su muerte prematura, hay numerosos ejemplos de que Ana Ilce no calla para nada su condición de mujer, sino que la reafirma, identificándose con sus demás congéneres quienes, en su inmensa mayoría, se ven obligadas “a estar o bien por debajo de los hombres o en competencia con ellos”. Léanse, por ejemplo, “Aria”, “Ser o no ser”, “Ella”, “Ángel del retorno”, “Cancerberos”, “Ángel de expulsión”, “Ella”, o “La muerte no es una mujer”, poema que actualmente tiene una vigencia terrible: La muerte no es una mujer/ con el cráneo pelado y una corva guadaña/ entre las manos./ La muerte es un hombre que galopa/ entre las noches que columpia el insomnio./ Es un varón disfrazado de oscura damisela./ Tiene unas rosas en las manos/ y un cordel para colmar el cuello./ Alguien un día dibujó a la muerte/ con rostro de doncella. Pero ella es él, / pálido, abyecto, […].”

Helena Ramos, quien – desde una perspectiva realista- me parece contundente, al considerar que “la autora se mantiene distante de los círculos literarios y no publica desde 1989, porque – según la propia artista-, se vio forzada a abandonar por un tiempo la escritura porque le fue imposible combinar el trabajo literario con el ejercicio profesional. Y agrega: Un grupo de admiradores se empeñan en ponderar este aislamiento y silencio como algo admirable (silencio forzado). En mi opinión, más que bien es una nefasta secuela de la ausencia de políticas culturales eficaces y también resulta del sexismo, porque ésta obliga a las mujeres a asumir cada vez más jornadas y tareas, hasta impelarnos a hacer elecciones que nada tienen que ver con la libertad”.

Y termino con esto de Helena: “La obra de Ana Ilce, está rodeada de mitos y prejuicios. El primero es su angostura temática: la eternidad del tiempo y la fugacidad del amor. De hecho, ella aborda un amplio registro de temas, aunque sus poemas amorosos son relativamente prevalecientes … no se limita a remachar la fugacidad del afecto, sino que está consciente de su inequidad, de hecho, que las mujeres solemos llevar la peor parte en las lides del amor y que, genéricamente, la victoria de él mismo, significa la derrota de ella. Asume dicha condición con una desesperanzada rebeldía: aun admitiendo las heridas y desventuras, insiste en la sublime dignidad de la amante, en la vida de su denuedo. “

Blog de la autora
https://nadinelacayo.wordpress.com/2017/11/05/ana-ilce-gomez-no-calla-grita-en-su-poesia-la-critica-femenina-a-la-critica-de-su-obra/ 20 November 2017